El estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del mundo, sigue siendo escenario de tensiones geopolíticas que amenazan la estabilidad del suministro global de petróleo. Según datos recientes, Irán ha logrado mantener un flujo significativo de crudo a través de este paso clave, a pesar de las restricciones impuestas por su propio gobierno. Durante la primera quincena de marzo, casi tres cuartas partes de los 27.2 millones de barriles de petróleo que transitaron por el estrecho correspondieron a embarques iraníes, lo que equivale a aproximadamente 1.2 millones de barriles diarios. Este volumen, aunque menor al registrado antes del conflicto, demuestra la capacidad de Teherán para adaptarse a las condiciones adversas y seguir siendo un actor relevante en el mercado energético.
El tráfico marítimo en la zona, sin embargo, ha experimentado una reducción notable. Entre el 1 y el 15 de marzo, al menos 89 embarcaciones cruzaron el estrecho, incluyendo 16 petroleros, una cifra que contrasta con los entre 100 y 135 barcos que lo hacían antes de que estallara la crisis. Esta disminución refleja no solo las restricciones impuestas por Irán, sino también la cautela de las navieras internacionales, que evitan exponer sus buques a posibles ataques o sanciones. Aunque el gobierno iraní ha permitido el paso selectivo de algunos barcos, el bloqueo no es total, lo que ha generado un escenario de incertidumbre para las empresas de transporte y los países dependientes del petróleo que fluye por esta ruta.
Las autoridades estadounidenses han adoptado una postura ambivalente frente a la situación. En declaraciones recientes, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, reconoció que Washington ha permitido el paso de barcos iraníes para “abastecer al resto del mundo”, sugiriendo que existe una apertura controlada por parte de Teherán. Sin embargo, esta flexibilidad no ha disipado las preocupaciones sobre la seguridad en la región. Funcionarios de Estados Unidos y Reino Unido han advertido que Irán podría estar minando el estrecho, una medida que, de confirmarse, elevaría el riesgo para la navegación comercial. Aunque no hay pruebas concluyentes de que se hayan desplegado minas, los ataques aéreos contra buques en el golfo Pérsico y contra infraestructura petrolera en países vecinos han aumentado la tensión.
El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) ha señalado que Irán mantiene misiles antibuque en posiciones estratégicas, lo que representa una amenaza constante para el tráfico marítimo. Estos arsenales, junto con las acciones hostiles registradas en las últimas semanas, han llevado a las potencias occidentales a reforzar su presencia militar en la zona. Mientras tanto, las navieras evalúan los riesgos antes de enviar sus embarcaciones, y algunos operadores han optado por rutas alternativas, aunque menos eficientes, para evitar el estrecho.
La situación en Ormuz es un recordatorio de la fragilidad de las cadenas de suministro globales y de cómo los conflictos regionales pueden tener repercusiones económicas a escala mundial. Aunque Irán ha demostrado capacidad para mantener un flujo limitado de petróleo, la volatilidad en la zona sigue siendo un factor de riesgo para los mercados energéticos. Con cada nuevo incidente, la posibilidad de un cierre total del estrecho —que paralizaría cerca del 20% del suministro global de crudo— se vuelve más tangible. Por ahora, el mundo observa con atención, mientras las potencias intentan equilibrar la necesidad de estabilidad con la presión de contener las ambiciones de Teherán.
